Argentina en shock: el trabajo al límite y la niñez en la mira
12 horas de jornada, salario en comida y chicos imputables a los 14: la avanzada total de Javier Milei
No es un ajuste más. No es una reforma técnica. Es un giro de 180 grados que dinamita consensos sociales construidos durante décadas.
Con el aval del Senado de la Nación Argentina, el gobierno de Javier Milei impuso una reforma laboral que rompe el molde: jornadas de hasta 12 horas diarias bajo el esquema de banco de horas, posibilidad de pagar salarios en especie —sí, comida en lugar de dinero— y una flexibilización que deja a los trabajadores prácticamente a la intemperie frente al despido.
El argumento oficial es simple: “hay que modernizar”. Pero la letra chica expone otra realidad: menos protección, más poder empresarial y una transferencia brutal del riesgo económico al trabajador.
Hablan de 48 horas semanales compensadas. En la práctica, eso puede traducirse en días eternos de 12 horas, con la promesa de un descanso que depende del empleador. En un país con más de 9 millones de personas en la informalidad, la pregunta no es técnica: es moral. ¿Se formaliza precarizando?
Y el punto más explosivo: el salario en especie. Un trabajador podría cobrar con alimentos u otros bienes. En pleno siglo XXI, Argentina vuelve a discutir si el sueldo puede no ser dinero. Lo que para el oficialismo es “flexibilidad contractual”, para muchos es la normalización del retroceso.
Niñez y castigo
Mientras el debate laboral arde, el Gobierno consiguió dictamen para bajar la edad de imputabilidad a los 14 años. El mensaje es frontal: primero ajuste, ahora mano dura.
La narrativa oficial apunta contra gremialistas, sindicalistas y gobernadores, acusándolos de defender privilegios mientras el país se hundía. El discurso es de confrontación total: romper con todo lo anterior, sin medias tintas.
Pero la pregunta de fondo es otra: ¿se está ordenando el sistema o se está reconfigurando el contrato social bajo una lógica de mercado absoluto?
Un país partido
No hay zona gris. Para los libertarios, esto es el inicio de una Argentina competitiva y sin “casta”. Para sus críticos, es la legalización de la precariedad y el endurecimiento penal en un contexto de pobreza estructural.
Argentina no está ante una reforma más. Está ante un experimento político y económico de alto voltaje. El resultado puede ser crecimiento… o una fractura social más profunda.
Lo que ya es un hecho es que el modelo avanza sin freno. Y millones de trabajadores miran el reloj preguntándose si el futuro será de 8 horas… o de 12.


