Durante el verano, la piel sufre un desgaste extra: exposición solar prolongada, altas temperaturas, sudor y deshidratación. Cuando el sol ya “pasó factura” —resequedad, enrojecimiento, manchas o tirantez—, el cuidado externo no alcanza. La alimentación se vuelve una aliada clave para ayudar a la piel a regenerarse desde adentro.
Especialistas en nutrición y dermatología coinciden en que ciertos nutrientes cumplen un rol fundamental en la reparación celular, la hidratación y la protección cutánea.
Entre los principales aliados se destacan:
Agua y alimentos ricos en líquidos: frutas como sandía, melón, naranja y verduras como pepino o tomate ayudan a recuperar la hidratación perdida. Vitamina C: presente en cítricos, kiwi, frutilla y morrón, favorece la producción de colágeno y la reparación de tejidos dañados por el sol. Vitamina E: frutos secos, semillas y aceites vegetales ayudan a combatir el estrés oxidativo y el envejecimiento prematuro. Omega 3: pescados grasos, chía y nueces contribuyen a mantener la elasticidad de la piel y reducir la inflamación. Zinc y antioxidantes: legumbres, cereales integrales y vegetales de hoja verde colaboran en la cicatrización y defensa natural de la piel.
Los expertos advierten que el consumo excesivo de alcohol, ultraprocesados y azúcares refinados puede agravar la deshidratación y acelerar el deterioro cutáneo. Por eso, recomiendan una dieta equilibrada, variada y sostenida en el tiempo.
Cuidar la piel después del verano no es solo cuestión de cremas: lo que se come también deja huella.


