La situación actual de la Intendencia de Salto ya no admite matices ni discursos decorativos: lo que se prometió en campaña fue desmentido por los hechos. Mientras se aseguraba públicamente que se devolverían motos incautadas y que no se castigaría con operativos a trabajadores, hoy la realidad es brutalmente opuesta. Los controles se intensificaron y el resultado es un predio municipal desbordado con más de 12.000 motocicletas retenidas.
El dato no es menor ni anecdótico: es la prueba física de una contradicción política. Cada moto acumulada es un recordatorio visible de una promesa rota. El depósito, saturado y a la intemperie, funciona como símbolo del fracaso administrativo y de la improvisación. Vehículos deteriorándose bajo lluvia y sol no reflejan orden ni gestión eficiente: reflejan descontrol, saturación y falta de planificación.
En Salto, el malestar crece porque el golpe no es solo burocrático, es social. Muchos propietarios dependen de su moto para trabajar. Cuando el Estado primero promete flexibilidad y luego aplica presión, el mensaje que se instala es claro: la palabra oficial no vale. Y cuando la palabra pierde valor, lo que se erosiona no es solo la imagen de un gobierno, sino la confianza pública.
Aquí no hay interpretación posible: la campaña dijo una cosa, la realidad muestra otra. Y en política, esa distancia tiene nombre propio: incumplimiento.

PROMETIERON no perseguir trabajadores.
PROMETIERON devolver motos.
HOY hay más de 12.000 incautadas y un depósito colapsado.
No es percepción: es evidencia.
Cuando la realidad contradice el discurso, ya no es error… es engaño.
#Salto #Política #Gestión #Denuncia


